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Mundana. Cuento*

He deicidio dejar de verle. Mundana ha sido su nombre de rebautizo, porque creo que si vuelvo a pronunciar su nombre, volveré a querer tocar sus pecas.

Todos piensan que somos pareja, y vaya que no podrían estar más equivocados. Ella solía tomarme de la mano todo el tiempo y besarme en las comisuras de los labios. A veces se sentaba en un lado y subía sus piernas en las mías, mientras me platicaba cómo y cuántos tipos habían estallado entre sus blancas piernas, tan sólo en el último mes. A veces entre cada relato, me cogía las manos y las colocaba en sus senos diciendo que era la parte que mas le gustaba de su cuerpo. Yo sólo sentía como la cara se iba tornando roja y trataba de safarme, haciéndole saber que en mi casa me enseñaron a respetar a las mujeres, entonces ella se reía y se recostaba en mi hombro, acercando su mano a mi entrepierna.

No tengo el recuerdo de mi primer contacto con alguna droga, pero se que ella podría ser una. Es como aquel día en Hache Uve, donde recuerdo haber estado esperándola. Dijo que quería verme, estar conmigo. Recuerdo ver pasar el segundero una y otra vez por el número nueve, mientras bebía vodka. Le llamé unas veintisiete veces, en 3 horas. En la última llamada, al sonar el cuarto tono, me contestó un tipo y escuché la risa de Mundana al fondo. Me colgó. Recuerdo estar intentado dejar de beber ese tarro transparente. Apenas llevaba un tercio bebido y mi cerebro gritaba "déjalo ya", cuando sentí un mareo y esa somnolencia insoportable, casi estuporosa, que me jalaba con gravedad a la mesa. Sin embargo, era más mi deseo de ver el tarro vacío que mi preocupación por mi estado mental, por lo que hice caso omiso al grito, y mis entrañas y parpados lo pagaron. 

La siguiente vez que vi Mundana me regaló un pastel. No me dio explicación alguna de la llamada o la voz del tipo, o de porque no llegó, sólo se comportó como si nada hubiera sucedido. No sé aún que pensar, pues no fue hasta que llevaba comida media porción, cuando decidió decirme que era con tetrahidrocannabinol. Reímos tanto rodando en el suelo mientras el pasto crecía y yo me sentía caer, que no me percaté de nuestra existencia hasta el día siguiente. Al despertar le propuse ir a vivir a un departamento y aceptó. Me dijo que cada noche intentaría violarme. Sentí un sudor frío y la boca seca. 

Di el depósito para el apartamento y firmé el contrato mientras ella se colgaba de mi brazo. Al salir de nuestro nuevo hogar, dijo que había cambiado de opinión. Su diminutas pecas se reían de mi.

Estoy en el departamento desde hace un mes sin saber de ella. Hoy me he levantado a las seis de la mañana porque me han traído un espejo de la tienda. La verdad es que siempre los he odiado, pero éste venía de regalo con la base del colchón. Al revisar el teléfono noto que me ha llamado ya veintiocho veces. En la última llamada ha dejado un mensaje diciendo que esta embarazada, que es mío, que lamenta haberme rechazado tanto, que va pagarme todo el dinero que me debe y que solo necesita abrazarme. Ha terminado el mensaje diciendo que lo nuestro es especial y que el bebé creciendo en sus entrañas esta hecho con amor de verdad, bajo los efectos del pastel.

Me falta el aire. ¿Esta embarazada? ¿De mi? Siento alegría y ganas de llorar... luego pienso en lo ridículo que es todo, pues al observar mi reflejo en el espejo que he recibido, noto mis lagrimas cayendo entre mis senos. No puede ser mío. Y Mundana no puede ser mía.

Dejar de verle es estar frente a ese tarro transparente, con aun dos tercios de alcohol, mientras sufro la necesidad de beberlo. He pensado en sacarme los ojos para no verle jamás, pero no hay algo que me aterre más que la anatomía del globo ocular siendo mancillada.


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